
Los barcos que surcaban la bahía dejaban a su paso estelas rectas, líneas blanquecinas sobre la superfície gris. Por mi memoria pasó, dejando una estela aún más liviana que la de los barcos de la bahía, una imagen: me vi paseando por una ciudad, tropezándome en una esquina con Steve McQueen y Ali McGraw, que iban cogidos de la mano, indiferentes a la llovizna. Vi a Joseba que se volvía para verles alejarse y que comentaba: "Me gustaria ser tan feliz como ellos". Creí recordar la gabardina que llevaba Ali McGraw ese día. No era transparente como la de Mary Ann, sino blanca, de color nata.
El hijo del acordeonista
Bernardo Atxaga
Este fué el libro elegido para emprender mi viaje, a la luz de una noche de luna lunera. Ya el día amaneció apresurado entre besos y regalos sin papel de celofán. El trayecto se hizo ligero, incluso el panecillo sabia a panecillo en el menú del avión. Los abrazos tenian el gusto de la piel de verdad y de los ojos, nunca he visto semejante paleta de colores juntos, miradas complices y risas con garantía sin fecha de caducidad. Los días en el norte han pasado cortos como un expreso apurado en la garganta de un muerto de sueño y el paisaje de luz irisada revuelto con la brisa de un Atlántico majestuoso convirtieron mi apatía de días anteriores en puro frenesí, adrenalina bien canalizada cada vez que alguien me dirigía una sonrisa, un abrazo, un "sé bienvenida". Comí y bebí como un reo en su última cena, me dejé querer, hasta me pareció reconocer el perfil de un Antonio Vega de mentira asomado a la ventanilla del coche. Paseamos por los caminos empedrados en el atardecer de Santiago, por sus balcones enjoyados de geranios rojo carmesí. Convertimos el salón en una boutique, una jaula de locas sería la frase exacta. Exprimimos las horas juguetonas, hasta viajamos a otro país para tener más tiempo. Las risas entre cervezas amigas, pero de verdad de la buena, siempre son insuperables. Me sentí en casa, arropada, es imposible no echarles de menos.
Lula y Sailor, gracias de corazón.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños.
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
Rosalía de Castro