Fotografía Alberto García AlixPasadas las doce me despierto sin embargo el despertador pestañea y vuelve a cerrar los ojos.
Busco en mi repertorio significados de palabras ilusorias que no se perdieron en aquella batalla sin armas pero que desfiguraron parte de la realidad. Me hundo en el perfume de un pañuelo violeta y me sueno la nariz, destapando algunos poros y recobrando el sentido de la orientación que solo algunos conocen, mientras con la otra mano hago disparar el transistor.
No encuentro el teléfono y al abrir la libreta, los nombres y los números desfilan como hormigas en busca del caramelo que continua pegado en el recoveco de la puerta al fondo del pasillo, justo a la izquierda.
Ajusto el bisturí de mis uñas y con la precisión de un cirujano marco el numero, 723 895 5 y dos números más.. Alo, alo...cuelgo.
Luego abro el cajón de la cómoda y busco sábanas limpias, blanco, gris, blanco, naranja, naranja con mostaza, ésta servirá.
Abrigo el colchón con la sabana bajera y con las dos manos elevo con firmeza el lienzo limpio y observo durante un par de segundos como desciende poco a poco como las alas de un pájaro para posarse en la cama con una pulcritud exacta, casi sin cicatrices. Me acuesto y abro los brazos imitando a una mariposa y el perfume a nada, me calma y me devuelve el sueño.
Y solo me acuerdo de apagar la luz cuando doy por extinguido el fuego que me incendiaba.




